El derecho a morir

febrero 4, 2021

TEGUCIGALPA, HONDURAS

Uno de los ejercicios que aconseja la espiritualidad católica es reflexionar sobre la muerte, puesto que si los humanos somos más de la muerte es necesario pensar en ella, por supuesto sin buscar morirse, porque quien hace lo imprudente hasta el máximo es un suicida. Cuando vemos las fotografías, como las que publicó en su portada diario La Tribuna, y las tomas televisivas captadas por nuestros reporteros, donde aparecen grupos de personas, incluso familias, deambulando por los mercados sin usar mascarillas, sin guardar la distancia física y posiblemente sin desinfectarse las manos, no podemos menos que creer que todas esas personas andan buscando la muerte a través del contagio del virus que transmite el COVID-19.



Algo distinto es contagiarse de manera circunstancial, porque las actividades obligan a cumplir tareas que son ineludibles, por ejemplo el personal médico y de enfermería de los hospitales públicos hacen su trabajo en medio de un ambiente en el que existe una carga viral que es un riesgo permanente para ellos. Recordamos que a mediados del año pasado varios médicos y enfermeras renunciaron a sus trabajos y otros rehuyeron a ocupar una plaza cuando vieron la propagación del coronavirus y la cantidad de contagiados y fallecidos. Es indudable que todo el personal que ha seguido laborando en los hospitales es merecedor de la calificación heroica sin ninguna objeción.

La vida de todos estos profesionales de la salud se expone a mayor riesgo entre más cantidad de personas contagiadas acuden a los hospitales a buscar tratamiento. Lo inexplicable es que en su gran mayoría estas personas que ahora están hospitalizadas por contagio de COVID-19 meses atrás estaban saludables, y creyéndose inmunes a la perfección no usaban mascarillas, no guardaban la distancia física y seguro que no se desinfectaban las manos. Esto se podría calificar como «el derecho a morir» porque no es posible que toda esta gente no vea ni lea ni escuche las noticias sobre la forma como se propaga el coronavirus y su efecto letal en estos primeros meses del año cuando en Honduras atravesamos por el punto más alto de la propagación del COVID-19 por descuido de una buena parte de la población.

Conforme los datos diarios de la aplicación de las pruebas que se practican, que ya superan las tres mil pruebas diarias, se observa que la tercera parte de los resultados dan positivo, lo que equivale a pensar que una tercera parte de nuestra población está contagiada con el COVID-19. Como los médicos y personal de salud es el sector que sufre directamente el congestionamiento de los hospitales, con natural preocupación están pidiendo el cierre total del país por tres semanas. Pero en el tiempo que llevamos de la pandemia hemos aprendido que una medida radical no es la solución, porque ni el gobierno ni el resto de las autoridades tienen capacidad de árbitro para obligar a todas las personas a que no salgan de su casa, y ni así pusiera en la calle millones de policías y militares para que obliguen a los compatriotas a que se pongan la mascarilla, podría lograr impedir la conducta absurda y necia de andar en las calles casi apiñados y sin la protección de la mascarilla.

El comportamiento de estos hondureños es inexplicable, porque al andar desenfrenados sin tomar las precauciones sanitarias están diciendo que así como nacieron, por el natural derecho a la vida, así también tienen derecho a morir, aunque con su imprudencia arrastren a otras personas que pueden ser sus propios familiares, amigos y otras personas. El derecho real de todos los humanos es preservar la vida, lo ilógico es buscar la muerte, salvo en aquellos casos en que por circunstancias dadas hay personas que buscan acortar su existencia por diversas razones, que pueden ser sentimentales, por enfermedades, por desquicios mentales o emocionales y hasta por decepciones provocadas por asuntos económicos.

Pero, todas estas personas que actúan con una imprudencia temeraria salvaje, que al deambular por los mercados sin guardar ninguna de las previsiones sanitarias casi buscan exponerse al contagio con facilidad, no deben ignorar que los demás tienen derecho a la vida y que nadie, por muy imprudente que sea, puede comportarse con una actitud suicida que haga peligrar a su antojo la vida de otros. El comportamiento temerario de los que andan en las calles sin mascarilla, sin guardar la distancia física y seguro que sin tomar las demás previsiones sanitarias, es una forma de agresión injusta contra la vida de muchas personas, comenzando por los médicos y enfermeras, que ya no son muchos los que en forma valiente se mantienen en los hospitales cumpliendo con su deber, aunque tengan que pagar con su vida el sacrificio de atender a centenares de contagiados, que en su mayoría se enfermaron por pura imprudencia.

Cuando todas estas personas andan con la locura en la cabeza de que siendo libres y que por lo tanto, básicamente nadie puede impedirles que anden como quieren en la calle, ni siquiera el gobierno con todas las medidas coercitivas podría evitar que salgan de sus casas, sabiendo que van directo a contagiarse con el COVID-19. Con esta conducta estas personas reclaman su derecho a morir y también el derecho a matar a otros.

Así son las cosas y así se las hemos contado hoy jueves 4 de febrero de 2021.

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