El Cardenal Ortega

julio 30, 2019

Honduras

Ha muerto en la Habana, el cardenal Ortega. Tenía 82 años. Fue el segundo cubano que ostento tan alto honor. Y le correspondió, más que otro, mantener el pulso firme en un tiempo duro, en el que la Revolución Castrista forjó su personalidad, mediante la negación de la jerarquía cristiana, especialmente la foránea. Españoles fueron la mayoría de los sacerdotes expulsados, en la primera oleada anti religiosa de la revolución  cubana. Con su habilidad personal, logró restablecer relaciones de mutua convivencia al grado que, al momento de su muerte, es inevitable reconocer que tuvo la habilidad de recibir a tres papas – Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco – y que bajo las ordenes de este último, condujo las deliberaciones secretas entre Cuba y los Estados Unidos, mismas que, en la gestión de Obama, los dos países, reiniciaron relaciones diplomáticas. La delegación negociadora cubana, estuvo encabezada por el hijo de Raúl Castro, coronel de la inteligencia cubana y la estadounidense por el hijo de un hondureño, Ricardo Zúniga, ahora cónsul general en Brasil.



En su juventud el cardenal Ortega, fue internado en las escuelas que el gobierno cubano había establecido para readaptar a los jóvenes sacerdotes, a los homosexuales o simplemente, a los que no mostraban mayor interés en asumir el comportamiento que se esperaba del nuevo hombre que predicaba el socialismo. Estudió con los sacerdotes javerianos, en Cuba y en Canadá. Fue alumno de Monseñor Gerin, primer obispo de la prelatura de Choluteca y después diócesis del mismo nombre y es casi seguro que recibió  clases de Monseñor Raúl Corriveau, segundo obispo de la mencionada circunscripción religiosa hondureña. Después de ordenarse como sacerdote, se resistió a abandonar Cuba. Más bien, con un elevado sentido del humor, hermosa vida intelectual y probada vocación hacia el prójimo, empezó una labor pastoral que solo la muerte pudo dar por concluida. Hábil diplomático, mantuvo la mayor reserva sobre las cosas en que intervino, mostrando además, una gran sensibilidad ante sus interlocutores que, terminaron por experimentar confianza con un hombre de Dios, dotado de un enorme carisma y un extraordinario talento.

Los hermanos Castro, aprendieron a respetar a un hombre que, pese a haber sido perseguido en su juventud por su régimen totalitario, no incubó nunca una mota de rencor contra quienes lo habían detenido y encarcelado. Más bien, parecía que tenía una inmensa capacidad de olvido y de perdón. Por ello, con enorme paciencia, pudo encarrilar una fórmula de coexistencia con un régimen que rechazaba inicialmente reconocer a la Iglesia Católica como una entidad fuera de la órbita de su poder totalizador; pero que, al final llegó a reconocer. Y con ello, permitirle a los miembros del Partido Comunista, el único existente en Cuba, poder ser marxistas y católicos practicantes.

En 1994, visitó Honduras, con motivo de la toma de posesión del presidente Carlos Roberto Reina. Formó parte de la delegación apostólica de El Vaticano. En el Estadio Nacional, tuve la oportunidad de saludarlo, conversar sobre la Iglesia y sus relaciones con el gobierno cubano. Fácil interlocutor, simpático y hábil diplomático, no soltó un comentario en contra del gobierno de su país, aunque reconoció las dificultades que se enfrentaban desde la disolución de la Unión Soviética. Se refirió el inicio del periodo especial; pero igualmente compartió conmigo su esperanza que todo al final, sería lo mejor. Hombre de fe, concluyó con una sonrisa bonachona, “son cosas de Dios, que nos ponen a prueba a todos”.

Al inicio de los actos protocolarios de la asunción de Reina  a la presidencia de la República de Honduras, el cardenal Ortega y yo regresamos a nuestros respectivos asientos. Desde entonces, siempre estuve atento a las noticias de Cuba y las acciones de la Iglesia Católica. En varias cónclaves, se le mencionó como papable. Por ser cubano, no lo podía ser. Pero siempre, participó en las elecciones de los últimos cuatro papas de la Iglesia, con prudencia y enorme habilidad. Dentro de la mayor secretividad que caracteriza a las elecciones de los papas de la Iglesia Católica.

Ahora, en el momento de su muerte, recuerdo su labor, la formación con los curas canadienses que lo capacitaron para una vida plena al servicio de Dios y de la sociedad cubana. Y especialmente, me llena de gozo que, gracias a su enorme talento diplomático y su ánimo negociador, pudo participar, junto al compatriota Ricardo Zúniga, en el restablecimiento de relaciones diplomáticas con Cuba e incluso que Obama visitara La Habana, en un movimiento político, que muchos, jamás creíamos que volveríamos a ver. Ante la muerte de un hombre santo y bueno, las silenciosas oraciones al cielo para que el Padre, lo reciba en su santo seno.