El 2020 no es culpable

enero 1, 2021

TEGUCIGALPA, HONDURAS

La obstinación inveterada de descargar culpas contra un año que termina y poner expectativas ilimitadas en el año nuevo, es una manera de porfiar en el albur, en la diosa fortuna, por la falsa creencia que hay años buenos y años malos, lo cual es un desahogo supersticioso propio de los países donde la gente se echa en los brazos de la suerte, en lugar de planificar y trabajar más cada día. La culpa de todo lo que nos ocurrió en el 2020 no es obra del año, en el caso particular de Honduras todo lo sucedido tiene que ver con lo malo que hicimos y lo que no hicimos pero que debimos haber hecho. Ya es tiempo que los hondureños entendamos que los problemas no van a desaparecer porque entremos a un nuevo año, como por obra de magia del calendario.



Está bien que tengamos encendido nuestro estado de ánimo para mantener vivas las esperanzas, pero los cambios en un país dependen del trabajo que haga su gente. Honduras es un país lleno de contradicciones que en su mayoría son negativas. Aquí es muy raro que una persona trabaje más de 8 horas, en cambio en los llamados países tigres del continente asiático (Taiwán, Singapur, Corea del Sur, Vietnam, Japón, Tailandia) las personas trabajan jornadas de 13 horas diarias, lo que los ha llevado a tener índices de desarrollo admirables, países que hace 50 años eran tanto o más pobres que cualquier otro y hoy forman parte del ranking de las potencias económicas.

Ni el 2020 ni el cielo son los culpables de nuestros fracasos, los huracanes nos hacen daño porque los gobiernos no han tomado las decisiones para represar los caudales de los ríos en tiempo de lluvia, por lo que una vez que los ríos se desbordan causan inundaciones que dañan las áreas productivas, dejando un sesgo dramático en aquellos sitios habitados que están a la altura de los niveles máximos de los ríos, a pesar de que las empresas constructoras son advertidas sobre los lugares inundables en los que no deben construirse viviendas, pero como las alcaldías se confabulan otorgan permisos para construir viviendas en áreas inundables.

La pandemia es algo excepcional, que está cobrando más fuerzas en la medida que hay muchas personas que no hacen caso de las medidas sanitarias y se lanzan a las calles con un optimismo frío, cifrando la creencia que a ellos el virus les pasará de largo. Muchos están confiados en que la ciencia pronto nos pondrá las suficientes vacunas a nuestro alcance, mientras tanto piensan que la generosa entrega de los profesionales de la medicina, médicos y enfermeras, tienen la obligación de atenderlos y salvarlos, porque para eso les paga el Estado. Y es cierto, podemos confiar en la ciencia, en la tecnología y en todo el esfuerzo de la medicina, pero estos poco pueden hacer por salvar la vida de las personas que tienen las debilidades que los hace vulnerables por su forma y estilo de vida. Esto último especialmente es lo que la pandemia del COVID-19 ha puesto a prueba, es decir la capacidad moral de las personas para tener conciencia de que mientras no vengan las vacunas debemos enfrentar al virus apegándonos a las tres reglas sanitarias que son de acatamiento obligatorio: usar la mascarilla, mantener la distancia física de otras personas, evitando las aglomeraciones humanas y lavándonos y desinfectándonos las manos con agua y jabón o alcohol gel.

No hay que confiar en la confortable mentalidad de cifrar nuevas esperanzas de mejores expectativas solo por la llegada de un año nuevo, este puede ser igual o peor que el anterior si los hondureños no trabajamos el tiempo necesario, igual que lo hacen los países orientales asiáticos, porque es una utopía creer que vamos a progresar solo porque entramos a un nuevo año. Tenemos que tener claridad que Honduras no progresará mientras no cambiemos la perspectiva de ser una colectividad de personas haraganas y atenidas a que el hecho de arribar a un año nuevo nos cambiará la vida. Ni el año 2020 es culpable de lo que nos sucedió en todo sentido, ni el 2021 por ser un año nuevo será la panacea que por ser otro año nos resolverá los problemas.

Es obsceno, deshonesto e indigno echarle la culpa al 2020 de todas las desgracias que sufrimos en los anteriores 366 días, esas desgracias se podrían repetir si los hondureños seguimos con la misma actitud de ser indiferentes a los problemas que no se resolverán por ellos mismos si no es trabajando en forma ardua para construirnos una realidad alternativa, para lo cual es preciso luchar contra la incompetencia, la desidia, el sectarismo y salir de esa burbuja de fantasía que año con año atrapa a los hondureños que creen que por entrar a otro año ya tendremos solucionados los problemas.

Como estamos acostumbrados a estar felices por creer que dejamos todos los problemas atrás una vez que finaliza un año y batimos palmas y quemamos pólvora y monigotes cuando los pitos anuncian que llegan las doce de la noche y festejamos la llegada de un nuevo año, seguimos siendo un país que confía en la superstición de pensar que el año nuevo es la solución a los problemas del país. Eso es pura superstición, porque lo real es que si no trabajamos más, el año nuevo solo será una prolongación del año que se va, dejándonos sumidos en los mismos problemas que se agravan más cuando dejamos pasar el tiempo y no trabajamos en las soluciones. Aprendamos de una vez, los años no son culpables de lo que nos pasa, los culpables somos nosotros por todo lo que no hacemos, o hacemos muy mal.

Así son las cosas y así se las hemos contado hoy viernes 1 de enero de 2021.

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