Dos son más que suficiente

noviembre 18, 2020

TEGUCIGALPA, HONDURAS

Nunca antes los hondureños habíamos sufrido el embate de dos huracanes, por lo menos no consecutivos, uno tras otro. Los que creen en el albur pensarán que para mala suerte nadie nos gana a los hondureños, pero tratándose de la naturaleza no hay ni mala ni buena suerte. Tampoco es un asunto de destino, si queremos buscar la verdadera razón para saber por qué nuestro país sufre tanto por los azotes de los huracanes, que como hemos reiterado son fenómenos cíclicos, es muy sencillo, es porque el hondureño se obstina en primer lugar en querer hacer las cosas a su manera desatendiendo las disposiciones legales que nos establecen las reglas a que nos debemos apegar para vivir dentro del margen con la mayor seguridad posible. Y en segundo lugar, porque no queremos entender en lo mínimo los eventos de la naturaleza.



Creemos que después de sufrir el embate de dos huracanes es más que suficiente para tener el escarmiento que nos debe hacer entrar en razón para no contrariar las leyes de la naturaleza. Los daños que ha sufrido el país son más que elocuentes para no olvidar que es hora de empezar a cultivar la cultura de la prevención. No dejemos para el próximo año lo que debemos empezar antes de que termine el 2020, la inveterada costumbre de que hay tiempo de sobra y que lo que toca ahora es priorizar, solo es aceptable en la mitad de la afirmación, porque el otro 50 por ciento debe ocuparse para empezar la inaplazable tarea de supervisar los daños que han ocurrido en las estructuras y el porqué de los mismos, para iniciar el trabajo de reconstrucción.

Las pérdidas que nos dejan dos huracanes consecutivos equivale a un lucro cesante que afectara a varias generaciones, porque no es cierto que nos llevará 10 años revertirlos, quizás los que creen eso son los economistas que todo lo ven por el prisma de los costos materiales. Hay una pérdida en el valor humano que los economistas casi nunca aprecian, se trata de la desmoralización que es un daño que echa al suelo todo el espíritu de la persona, a la vez que destruye la iniciativa en los débiles que ven el fin del mundo cuando una fuerza sobrenatural les arranca sus escasas pertenencias. El daño en este sentido resulta incalculable, porque los que han vivido de un empleo y llegan a perderlo por circunstancias propias de la naturaleza, se hunden hasta el punto de pensar que el sentido de la vida se terminó para ellos.

Son pocas las instituciones del Estado que se ocupan de este tipo de personas. El gobierno no tiene capacidad para multiplicarse hasta este punto, atendiendo tantas tareas para iniciar el camino de la reconstrucción, para los desanimados o decepcionados que resulten de las dos desgracias consecutivas quedan escasos caminos donde puedan encontrar una mano generosa que les ofrezca la comprensión que exigen para obtener la posible solución para reinsertarse en la vida productiva del país.

Las autoridades tienen una verdadera montaña de obligaciones en este momento, el primer gran reto es recomponer la infraestructura vial que resultó colapsada en los cuatro puntos cardinales del país, dejando en añicos el aparato productivo, para reconstruir los puentes que resultaron destruidos, las innumerables carreteras que fueron cortadas o destrozadas parcialmente por las correntadas de agua, no hay presupuesto disponible en el país, por lo que es inevitable recurrir al auxilio que presta el apoyo internacional que por fortuna tiene reservas de bondad para estos casos. Entre las estructuras hay una muy específica que es vital para la conectividad internacional en el comercio y el turismo, que es el aeropuerto de SPS, que por el calamitoso estado en que resultó no es posible pensar que estará rehabilitado en un corto plazo. El aeropuerto de SPS, ubicado en una extensa franja de la planicie del valle de Sula ha quedado al desnudo en su vulnerabilidad, por lo que Honduras sigue dependiendo del aeropuerto Toncontín de Tegucigalpa que, con todas sus limitaciones, al final resulta ser el más seguro en todas las épocas del año. Queda por ver si Palmerola, que también está en un valle fue contemplado a futuro para soportar las inclemencias naturales como son los huracanes.

De nuevo tenemos que insistir en la falta de visión o en la poca responsabilidad social de la ingeniería hondureña al construir en el Valle de Sula, lotificaciones o colonias  habitacionales que han quedado cubiertas por las inundaciones. Todo esto hace ver a esta tasa del pensamiento profesional hondureño como un sector con una visión muy pobre, siempre pensando a corto plazo, creyendo que una gran tormenta no tiene porqué azotarnos dos veces y vean como en este noviembre del 2020 todas estas apreciaciones han sido destrozadas.

Hay que aplicar la Ley de Ordenamiento Territorial que quedó en puro papel arrugado, como muy bien lo ha manifestado el geógrafo Carlos Héctor Sabillón, a las personas no se les debe permitir que vivan donde quieren, sino donde deben, por estrictas razones de seguridad humana. Si los daños ocasionados por dos huracanes consecutivos no son suficiente para que los hondureños aprendamos de las experiencias que golpean, es porque queremos seguir siendo un país habitado por personas que nunca estarán dispuestas a entender que frente a la naturaleza solo queda adaptarnos, cumpliendo las reglas que nos mandan a no enfrentarnos a ella  si no a precaver con anticipación para beneficiarnos y no dejarnos destruir.

Un país que tropieza muchas veces con la naturaleza sin percatarse de su poderío y sin interés por aprender que interpretando esa fuerza majestuosa la podemos poner a nuestro favor, es un pueblo de habitantes suicidas.

Así son las cosas y así se las hemos contado hoy miércoles 18 de noviembre de 2020.

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