Discusiones vulgarizadas

julio 26, 2021

Juan Ramón Martínez

Normalmente la discusión política ha sido conceptualmente pobre. Después de la dictadura de Carías y el fin del gobierno de Lozano y principios del primer golpe militar, la discusión se centró en tres ángulos diferenciados: la continuidad de la centralización y el aumento de la presencia del gobierno en la vida ciudadana, la orientación de los servicios públicos hacia el bienestar del pueblo y el ejercicio de la libertad, para organizarse, expresarse y emprender operaciones económicas. Hasta el segundo gobierno de López Arellano, se retomó mediante el decreto número ocho, el tema de los campesinos, más que para hacerlos empresarios, para que se distrajeran y no se enmontañaran como recomendaba Castro y Guevara a hacer la revolución. Callejas prometió el cambio y Reina una revolución moral, sin pies ni cabeza que más bien desmontó el gobierno de bienestar que había iniciado Villeda Morales. La mejor prueba: la destrucción de la Junta de Bienestar Social, cuya ausencia se volvió notoria con el aparecimiento de las maras y las pandillas. Con Flores y Zelaya, pareció volverse seria la discusión política, cuando se planteó el problema de la reducción de la pobreza. Pero, aunque el tema era serio, no lo fue el gobierno de Zelaya que, despilfarró los fondos, al extremo que Suecia, se retiró del país, con un informe demoledor criticando la conducta gubernamental. Desde entonces y, especialmente en el largo gobierno de JOH – el legal y el ilegal – la discusión se volvió elemental: seguridad, reducción de los crímenes y la militarización de la policía. Mientras tanto, el gobierno asumió dos conductas inéditas: la incentivación de lo lúdico: las carreritas de San Juan, los parquecitos y la promesa de una vida mejor. Todo, sin alterar las estructuras económicas que cualquier estudiante de economía habría anticipado que terminaría agotando el tesoro nacional, porque el ingreso nacional se mantuvo estático y la pobreza aumentó. Y es lo que ahora estamos viendo cuando finalizó el gobierno de JOH: no hay recursos y entonces a alguien se le ocurre el tema del empleo. Pero, en vez  de crear condiciones jurídicas generales, destinadas a dar confianza a los empresarios, se ha mezclado el fin, el empleo, con el medio, las ZEDES. Y entre el fin, el empleo y los medios, la discusión se ha quedado en lo puramente reglamentario: si se aplicaran las leyes nacionales o no, si podrá entrar el ejército – que nadie ha explicado para qué tiene que hacerlo en el interior de una empresa, cuando su papel es el de proteger al país de la amenaza externa – y para vulgarizar el asunto, se riposta desde los defensores del régimen y el modelito de creación de empleo que la mayor ZEDE de Honduras es la UNAH. Y aquí, entonces toca fondo la vulgaridad de la discusión, porque entonces, todo ha terminado en la defensa de la autonomía universitaria, confirmándose que entonces el fin – el empleo—interesa poco. Y,  de lo que se trata es, simplemente de una discusión electoral, para distraer y engañar a los electores.



Las discusiones de alto nivel, en esta campaña, son de temas irrelevantes e insustanciales. Solo cuando el tema se lleva a los desempleados, que casi nunca tienen acceso a los medios de comunicación y que no son entrevistados en los Foros que no disimulan la falta de pupitre de los tertulianos, la cosa se vuelve seria. En San Marcos de Colón hay una ZEDE que en la zona nadie la conoce como tal. Es un proyecto para cultivar legumbres en 64 hectáreas, destinadas a la exportación hacia el oeste de Estados Unidos. La población está entusiasmada, porque habrá empleo, que es lo que les interesa. Porque se llame como se llame, no le interesa a quien desde la pandemia, ha visto reducido drásticamente sus ingresos y descendido su nivel de vida; y la de sus familiares.

Frente a esta dualidad, en la que en el centro de los inteligentes de la política – que por lo demás no lo son tales – en que la retórica es insustancial y solo busca desprestigiar al adversario y los intereses de los desempleados, he optado por una inclinación natural, por hacerle caso a la gente y darle la espalda a los teóricas de la soberanía – que no respetan – la venta de la patria que hasta ahora se vuelven celosos defensores; y de la superioridad de la legislación nacional que, casi nunca han respetado. Oyendo a los desempleados de San Marcos de Colon, he descubierto como el centro del país, ha perdido la calidad que se espera de la dirigencia nacional; y como ha aumentado la fosa entre los intereses de los ciudadanos y la retórica de los que quieren dirigir al país, sin claridad conceptual, conocimiento operativos y sensibilidad ante las dolorosas situaciones que está pasando nuestro pueblo.

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