Un diálogo sin chantajistas ni chantajeados

agosto 28, 2018

TEGUCIGALPA, HONDURAS

Se supone que un diálogo es un encuentro donde prevalece la esperanza, en que los participantes dejan en casa los rencores y las inquinas, y porque aunque aceptan sentarse en una mesa con interlocutores que piensan distinto, que tienen otras ideas para ver las soluciones del país, es porque saben de antemano que al no haber uniformidad de criterios con los demás, con la ayuda de expertos facilitadores podrán llegar a puntos de encuentro. Lo que se establece en el diálogo como premisa es que todos los participantes, en su condición de dirigentes y líderes políticos, se consideran ciudadanos civilizados, capaces de encontrar aproximaciones para trabajar por la solución de los diversos problemas del país.



La ruta del diálogo es construir una sociedad de confianza, objetivo que les toca facilitar a los expertos en solución de conflictos que tienen la experiencia necesaria para hacer que los dirigentes y aspirantes políticos hondureños, cuando menos en principio acepten sentarse, mirarse la cara sin odios ni rencores, y platicar sin reticencias sobre los asuntos de país. Pareciera algo fácil, porque en Honduras no ha habido guerras como si las hubo en los países vecinos, más sin embargo, la lengua, ese terrible pequeño órgano humano que es capaz de asesinar cuando ciertos políticos la emplean para expresar barbaridades terribles, crea más distancias y enemistades que las que dejan los conflictos armados.

Decía don Alejandro Valladares en su recordada columna editorial en el desaparecido Diario El Cronista, que las lenguas mal habladas son más mortíferas que las ametralladoras y que una lengua viperina es más ponzoñosa que la mordedura de una “barba amarilla”, la temible serpiente cuyo veneno es mortal si no se le atiende a tiempo. El problema de ciertos políticos, especialmente aquellos que nacieron desbocados, es que no tienen vocación ni compromiso para trabajar por construir una sociedad de confianza, porque siendo ellos de carácter tan variable y tan cambiante, desconocen la importancia de la confianza.

Una de las quejas que expresó en un comienzo del pre diálogo el delegado de la ONU, Igor Garafulic, fue llegar a una mesa donde todos los asistentes desconfiaban uno del otro. Esa conducta lo exasperó por un momento, y no debe porfiar que por haberse instalado el diálogo, todo irá corriendo sobre rieles. Especialmente estando en la mesa Salvador Nasralla, que en infinidad de ocasiones ha demostrado ser lo más voluble que se ha visto en el campo político.

Le va a costar a Garafulic y a los demás facilitadores de la ONU, establecer una hoja de ruta para crear las reglas de juego y tener una mesa de diálogo que produzca buenos resultados, porque cuando menos lo piensen tendrán a Salvador Nasralla haciendo objeciones, pidiendo esto y lo otro, de manera que deberán armarse de paciencia franciscana y hasta de valor estoico, si quieren mantener a Nasralla sentado en la mesa. Y sin embargo, contra todo lo saltimbanquis que es Salvador Nasralla, hay que darle algún crédito porque al menos aceptó que su partido esté sentado en la mesa de diálogo.

Desde luego que Nasralla lo hace por el interés de que su nuevo partido tenga reconocimiento en el TSE, porque cree que al estar en el diálogo, su partido adquiere por inercia la legitimidad que necesita para convertirse en una institución de derecho público. Así se lo habrán aconsejado sus abogados, y así es en efecto; que lo hayan aceptado como participante en el dialogo es un paso importante para el Partido Salvador de Honduras. Es algo así como que a la criatura le hayan extendido la certificación de bautismo sin haberle llevado antes a la pila bautismal para echarle el agua bendita.

Los acontecimientos en política son así, algunas veces invertebrados por conveniencia social, para producir armonía y sosiego en el país, en cambio LIBRE, partido reconocido y legitimado a la carrera, porque así convenía en aquel momento posterior al 2009, se da el lujo de despreciar el diálogo para dedicarse a un remedo de diálogo partidario que, como todas las actuaciones políticas de Mel Zelaya terminan siendo verdaderas mojigangas, grandes farsas en todo el sentido de la palabra.

El asunto es que los facilitadores y el propio Igor Garafulic deben ponerse serios con todos los participantes del diálogo una vez que comience, porque cuando menos lo esperen, de repente, Salvador Nasralla, que es todo un experto en querer ser el centro de atención, saldrá con una más larga, para después ubicarse en otra más corta. Y el diálogo podría entrar en precario antes de que canten los gallos.

Desde un principio, Garafulic y demás facilitadores no deben permitir los chantajes con los cuales el personaje mencionado busque desmontar el diálogo, algo que no sería de extrañar. Porque si al personaje le sueltan demasiada prenda para mantenerlo en la mesa, terminarán asumiendo el papel de chantajeados.

Así son las cosas y así se las hemos contado hoy martes 28 de agosto de 2018

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *