Debilidades y desarrollo imposible

mayo 31, 2021

Juan Ramón Martínez

El que no nos hayamos podido desarrollar en estos 200 años de vida republicana, sólo se explica por la falta de una voluntad colectiva para lograrlo. Hemos pasado la mayor parte del tiempo disputando por los puestos públicos, por el acceso al presupuesto y por el goce de las concesiones. Durante las guerras civiles, los líderes buscaban el poder para sí. En cambio, los “soldados” combatientes, la mayoría participaba en las mismas, — no en contra de su voluntad como nos han hecho creer–, sino que como una apuesta para robar y hacerse de algunos bienes que les permitiera salir de la pobreza. Gonzalo R. Luque es muy esclarecedor en este comportamiento, en que la guerra civil es un deporte de los más machos; y una forma para el ejercicio legítimo del saqueo. En los procesos electorales, los que participan lo hacen para obtener beneficios y enriquecerse. Bien por la comercialización de concesiones y contratos; o por el logro de un empleo que les asegure el bienestar hasta el fin de sus días. Detrás de esto – y no pretendemos justificación alguna – hay la seguridad que, aquí no hay salida o esperanza alguna y que, aunque nada se pueda hacer en lo colectivo que, por lo demás a muy pocos importa, por lo menos en lo personal y familiar, se asegurara un lugar para medrar. Hay familias que tienen más de 90 años de vivir dentro del presupuesto, especialmente en las unidades públicas más estables como Relaciones Exteriores, cuyo control ha estado en manos de cuatro familias que, aquí todos conocemos. Pero que hipócritamente callamos.



Ahora que en Honduras casi ha tocado fondo en las ciénagas del desprestigio internacional, el interés por ayudarnos a enfrentar los daños de la pandemia y las dos tormentas que le rompieron la columna vertebral a la Costa Norte, se ha visto reducido. Estados Unidos ha mostrado que mientras JOH siga al frente del gobierno, no nos echarán una mano. Ni siquiera nos dirigirán la palabra. Los otros países, donantes naturales, también se han llamado – discretamente– al silencio. Por eso, antes que ellos – como ocurría en el pasado – no nos han visitado para conocer de nuestros problemas. Más bien, nos han dado –discretamente– la espalda. Muy pocos embajadores han visitado las zonas afectadas. Por ello, como la montaña no ha venido a Mahoma, este ha ido a la montaña. Y el Canciller Rosales y el Ministro General Madero – lo mejor y más impoluto que tiene el gobierno de JOH— han tenido que andar de la ceca a la Meca, explicando el Plan de Reconstrucción, tratando de interesar a los gobiernos y a los empresarios, para que vengan a ayudarnos y trabajar – mediante pago – en las obras estructurales. Los gobiernos han sido muy discretos. Ha oído promesas; pero no han hecho grandes compromisos, como Suecia después del Mitch, escaldada y ofendida en su estrategia de la lucha en contra de la pobreza, por los engaños del gobierno de Zelaya Rosales y sus irresponsabilidades. Los empresarios han escuchado con atención y recibido los documentos, no muestran mayor entusiasmo, porque saben que el gobierno de Honduras no tiene con qué pagar. Y que, mientras no cambie el gobierno — no solo de caras, sino que de estilo – los organismos de financiamiento multilateral, no comprometerán recursos en la cuantía que se requieren, para reparar los bíblicos daños de la Costa Norte.

Aunque debemos hacerlo, muy pocos – entre la clase política que disputa por el presupuesto– han reparado que, es urgente cambiar de gobierno, dentro de los plazos respectivos establecidos por la ley; que necesitamos un proceso electoral sin dudas, totalmente transparente; y debemos hacer olvidar a la comunidad internacional el modelo sectario y rural de gobernar de JOH y el Partido Nacional. Y que el 27 de enero del 2022, iniciaremos una nueva época de reformas estructurales de carácter político, que consoliden la democracia, que desmonten el presidencialismo que tanto daño nos ha producido, que le devolveremos al Congreso su carácter de representación popular. Caracterizada por la renuncia de los diputados a ser sirvientes del titular del ejecutivo, para convertirse en representantes del pueblo y de sus jurisdicciones. Y que, su función legislativa, en vez de fortalecer el poder público, se orientará a definir y clarificar la soberanía popular. Mientras no hagamos estas tres cosas, en que el nuevo gobierno tiene que darle vuelta a la tortilla del caudillismo “orlandista”, nosotros no tendremos una nueva oportunidad con la comunidad internacional. Y mucho menos comprometer a las fuerzas económicas nacionales – que tiene suficientes recursos – para involucrarse en la reconstrucción porque aquí, además de problema, es un peligro pactar contratos con un gobierno, cuya capacidad de honrar su palabra no goza de mayor prestigio internacional.

Por todo ello, si queremos cambiar, es necesario cambiar también, no solo de caras en el gobierno; ni de colocar tras bambalinas a JOH para que siga como titiritero gobernando al país; continuar operando con un gobierno de partido, sino con otro de leyes y de plena integración nacional. De lo contrario, el diablo, nos seguirá llevando hacia el infierno.

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *