De héroes a marchantes

abril 21, 2020

TEGUCIGALPA, HONDURAS

No debería extrañar que varios médicos y enfermeras estén renunciando a sus puestos por miedo al coronavirus, porque en estas profesiones de alto riesgo en tiempos de epidemias y pandemias, no todas las personas están hechas del mismo barro para enfrentarse al fragor de los efectos de un virus tan invisible como contagioso, al que algunos le restan sus efectos letales, pero que está comprobado de sobra que cuando ataca a un organismo desprovisto de las defensas necesarias su presencia es implacable contra la vida humana.



El trabajo de los médicos y enfermeras dentro de los hospitales en tiempos de una pandemia es una tarea que requiere de un valor estoico, es un trabajo para verdaderos titanes, aquellos seres que conociendo el peligro inminente que contrae tratar a pacientes contagiados con el virus, saben que se exponen a un posible contagio. Cuando médicos y enfermeras ven las noticias, con las cuantías y gráficos que hablan de los miles de muertos causados por el COVID-19 en muchos países, varios de ellos han de sentir un goteo de temor, lo cual es natural, porque todos son esposos, padres de familia, tienen hijos, o tienen a sus padres, y de su trabajo depende el futuro de todos ellos.

Pero, aunque el temor les asalte por momentos y no son pocos los que quisieran haber estudiado otras carreras donde el riesgo de enfrentar la pandemia se puede sobrepasar sin más incomodidad que estar confinados en su casa, hay médicos y enfermeras con verdadero temple de acero que no se arrugan y aunque también tienen un entorno familiar que atender, permanecen en sus puestos, algunos con más frialdad que otros, esperando el anunciado pico de la pandemia que, según varios infectólogos, se producirá entre mayo y junio, cuando podríamos ver las consecuencias de la desobediencia insensata de muchos compatriotas que han desafiado el tiempo de incubación del virus, desbocándose a las calles sin tener el cuidado elemental de protegerse con la mascarilla.

¿Cuántas pérdidas de vidas humanas tendremos llegado ese momento? No estamos prejuiciados queriendo ver este escenario, pero el virus no respeta ni hace selección, todo es que encuentre un ser humano desprevenido y hasta temerario para adentrarse en su organismo y habitarlo y hacerlo su víctima. El COVID-19 ha hecho estragos desde EEUU hasta Ecuador, se ha enseñoreado desde el país que uno piensa que tiene el mejor sistema de salud como EEUU hasta uno subdesarrollado como Ecuador, donde se han visto los cuadros más desgarradores, que corresponden a un país con bajo nivel educativo y más pobre aún su nivel de conciencia social y humana.

Los hondureños estamos en un nivel parecido al de los ecuatorianos, cuando la televisión muestra el momento en que muchas personas deambulan en los mercados de Tegucigalpa, viendo el incesante hormigueo humano, donde centenares de compatriotas ni siquiera se mosquean para usar una mascarilla, no podemos dejar de pensar que pronto podríamos tener aquí cuadros muy parecidos a los que se han dado en Ecuador.

Antes de llegar a ese momento hemos visto un gran esfuerzo desplegado en un frente nacional liderado por el gobierno y las autoridades de salud, apoyados por el sector empresarial y organizaciones sociales, preparando instalaciones para atender a los contagiados, a veces enfrentando la incomprensión de otros hondureños que rechazan que en sus vecindarios se instalen centros de asistencia, por el temor a ser contagiados, un temor que puede ser aliviado cuando a las personas se les explique que una vez que los contagiados son confinados en un centro de atención no hay riesgo para los demás que viven en el entorno.

Cuando el temor avanza y rebasa los límites de los simples ciudadanos, y llega a apoderarse del ánimo de los profesionales que por haber estudiado medicina y enfermería deberían estar preparados para saber cómo actuar y defenderse en medio de una pandemia, el desjuicio en el resto de la ciudadanía puede llevar a otra pandemia que es el pánico colectivo. Los que estudiaron el cuerpo humano y sus enfermedades deberían tener una superioridad moral y física, no para considerarse súper seres humanos, sino para afrontar con la verdad y el valor que dan los conocimientos, la amenaza real de una pandemia como el COVID-19.

No somos nadie para juzgar a los médicos y enfermeras que se marchan de los hospitales por el temor a que, llegado el momento del pico del virus, aquí suceda lo que hace poco vimos que pasaba en los hospitales italianos y españoles, mejor dotados que los hospitales hondureños, donde por momentos ni médicos ni enfermeras se daban abasto para atender a tanto contagiado, llegando al extremo inhumano de atender a quien le miraban posibilidades de sobrevivencia y abandonando, especialmente a los ancianos, que tenían pocas o ninguna posibilidad de sobrevivir.

Llegar a ese momento de quedar entre la espada y la pared, de no saber a quién atender, no es trabajo para personas endebles de carácter. Si llegamos a momentos tan críticos como los que vivieron los italianos y los españoles, o a vivir en el desgarramiento de Ecuador, el resto de los hondureños no podríamos quedarnos tranquilos en nuestras casas, sabiendo que hay médicos y enfermeras valientes, batiéndose con el COVID-19 queriendo salvar vidas.

No hay que esperar que llegue ese momento crucial, que parece inevitable, para empezar a canalizar toda la ayuda posible para que este personal sanitario esté bien dotado de los equipos y las indumentarias que se requieren para atender a los enfermos sin resultar contagiados. Los que se marchan están en su perfecto derecho a optar por salvaguardar su vida fuera de los hospitales, los que se quedan son héroes con temple de acero que saben que desafiar a la pandemia es enfrentarse a la muerte. Desde ahora, pase lo que les pase, deben ser considerados los héroes de Honduras. A ellos debemos volcar desde hoy nuestra solidaridad en forma concreta.

Así son las cosas y así se las hemos contado hoy martes 21 de abril de 2020.