Cuando se asesina al país

mayo 10, 2019

TEGUCIGALPA, HONDURAS

El primer lugar donde un periodista conversa de manera reflexiva sobre los temas de país, es en su propia casa, en aquellos momentos en que se disfruta la comida con la familia. En ese ambiente donde no tenemos que ser tan recatados, como cuando hablamos con colegas y amigos, podemos expresar puntos de vista que pueden ser contrapuestos a los pensamientos de nuestra compañera de hogar y hasta con nuestros hijos y nietos. Una noche de cena, mi mujer Regina me reclamó que casi nunca me refiero en los editoriales a lo mal que los hondureños estamos tratando a nuestro país, que es la casa de todos los que nacimos en este territorio.



De verdad, que los hondureños en una gran mayoría están demostrando el poco cariño y el escaso respeto a Honduras. La cadena de incendios forestales es una evidencia palpable de la poca consideración que los compatriotas le tienen a su país cuna, cuando le prenden fuego a un bosque o a una montaña, es como si tuvieran saña contra Honduras. Aparte de que son muy pocas las personas que se toman el esfuerzo por sembrar árboles en sus patios o en sus propiedades, los hondureños dejamos de cultivar el buen hábito de sembrar plantas, porque antes eso era parte de nuestras asignaturas escolares, que nos obligaba siendo niños a sembrar arriates alrededor de nuestras escuelas.

Son raras y contadas las escuelas del país donde los maestros dedican unas horas a la semana para enseñarle a sus alumnos de primaria, como se mantiene un buen clima y como se le puede ayudar al ambiente sembrando plantas y arbolitos. Creo que en Tegucigalpa hay un par de escuelas que son la excepción de la lamentable regla del desafecto al ambiente, donde los maestros cultivan plantas y verduras con los niños, lo cual es una sabia enseñanza de los profesores, que va más allá de la obligación habitual.

En 1983, un grupo de ciudadanos voluntarios formamos el Comité del Medio ambiente de la capital, que con el tiempo se extendió y se convirtió en la Fundación Vida, de la que no sabemos si aún existe. Ese año, con ese comité sembramos un millón de arbolitos en el cerro Juana Lainez, que en su mayoría recibieron el cuidado por parte de estudiantes de colegios que lo tomaron como una obligación de servicio social en  su práctica colegial. Acciones como esa se han repetido muy poco, quizás los militares hacen su parte y una vez al año siembran y reforestan.

Sembrar plantas y árboles debería ser un hábito de todos los hondureños. Ejemplar iniciativa desarrolló por varios años, nuestro colega y amigo Rafael Platero, sembrando caobas en varias partes de la capital industrial SPS. A Platero se le cayó el entusiasmo para proseguir con la iniciativa cuando personas que trabajan en la alcaldía sampedrana, sin un ápice de conciencia, al construir obras de cemento botaron caobas que ya estaban enraizadas y creciendo, un verdadero crimen ecológico y un atentado a una extraordinaria iniciativa del ciudadano colega Rafael Platero.

Una pregunta interesante para formularnos es: ¿quién siembra un árbol en estos tiempos? ¿Quiénes siembran plantas? Son pocas las personas que se detienen a pensar que si no sembramos árboles y plantas no le ayudamos al medio ambiente hondureño a tener un estado saludable, porque son los arboles y las plantas las que purifican el aire que respiramos y el ambiente en que vivimos.

En cambio, vino el gusano descortezador, se enseñoreó en millares de pinos, a los que chupó la savia y destruyó millones de ellos, dejando millares de hectáreas desoladas para convertir gran parte de nuestra geografía en nuevos desiertos.

Pero hubo personas que le plantaron cara al tal gusano descortezador, y donde el gusano destruyó pinos, esas buenas personas sembraron plantas y arbolitos frutales. Y hoy donde ya no hay pinos, están naciendo arboles de marañones, ciruelos, mangos, limones, naranjas. Mi mujer Regina no se dejó arrugar por el gusano descortezador y aceptó el reto, sembrando variedad de plantas y arbolitos frutales para no desperdiciar los espacios de la tierra.

Pero aparte de que no sembramos casi nada para mejorar nuestro medio ambiente, los hondureños han adoptado el mal hábito de botar la basura por todos lados, ensuciándolo todo. La gente tira los desperdicios, las latas vacías, los plásticos usados, por donde va caminando. Y hay gente sinvergüenza que lleva las bolsas de basura para tirarlas a la orilla de las calles y carreteras, con el ánimo de deshacerse de la basura en plena vía pública, para mayor desvergüenza. A eso se debe que hoy Honduras sea un país inundado por la basura que está desperdigada en los lugares por donde todos transitamos. Y ni los ríos ni el mar se han salvado de esta inconciencia descomunal.

Es razonable entonces que hagamos conciencia en todos los hondureños, que destruir los bosques, quemar los arboles y no hacer nada por reforestar tan rápidamente como camina la destrucción, es por el poco afecto y consideración que tenemos con nuestro país. Y llenarla de basura es una especie de desprecio diabólico. Y permanecer indiferentes al acelerado daño ecológico, es una forma de asesinar a Honduras.

Así son las cosas y así se las hemos contado hoy viernes 10 de mayo de 2019.