Cuando nadie gana y todos pierden

julio 20, 2018

TEGUCIGALPA, HONDURAS

En un conflicto como el protagonizado por los transportistas en el afán de obtener conquistas del gobierno, nadie gana y en cambio todos pierden, porque en la paralización de un servicio como es el transporte público, los primeros perdedores son las personas de a pie que requieren del bus o del taxi para movilizarse. El gran perdedor como siempre es el Estado, por la cantidad de actividades comerciales y actividades oficiales que dejan de realizarse afectando la economía del país, empezando por la de los particulares que dependen del quehacer diario para ganarse la vida.



En principio como decíamos ayer, cuando un rubro ejecuta un paro de labores se supone que la paralización se circunscribe a sus actividades, pero no a afectar las actividades de los demás. Y en el momento que cruzan las unidades para impedir la libre movilización, los transportistas irrespetan el derecho de los demás. Por eso es que la inmensa mayoría de la población rechaza el paro, porque nadie que es afectado por la acción paralizante estará en posición de aplaudir y darles la razón a los empresarios del transporte, cuando estos no miden las consecuencias de llevarse de encuentro a toda la población al bloquear las calles y avenidas de las ciudades.

Si los transportistas pierden la óptica de aquello que les beneficia y de lo que les perjudica, terminarán atrapados en el rechazo de la ciudadanía, que por el clásico  espíritu de indiferencia, por vivir acostumbrada a ver los toros desde la barrera, no da un paso para tomar parte e inmiscuirse en las confrontaciones de sectores. Pero tampoco admite que le cercenen sus derechos, y quien se atreva a hacerlo, se gana su repudio. Esto es así, la gente dice al unísono, no me meto en tus asuntos, pero cuidado con meterte en los míos.

El ejemplo de cómo la gente termina repudiando a los que han usado el tradicional método ofensivo de tomarse las calles para hacer sus griterías políticas, lo han dado aquellos sectores que se han creído los reyes de la calle, desde donde hilvanan y orquestan sus plataformas ofensivas para ser considerados una oposición pujante y agresiva. Vean los datos de los últimos eventos electorales como ese partido ha ido perdiendo simpatía en la población hasta quedar reducido a una fuerza minoritaria, que depende de la alianza con otro partido para considerarse un protagonista con suficiente peso electoral.

Nada que se realice para reclamar derechos propios pero que deriva en detrimento de los demás que no tienen vela en el entierro, puede convertirse en un éxito o en una victoria revestida de popularidad. Los transportistas tienen su derecho de petición, pero ese derecho no deben extenderlo hasta donde limitan el derecho que tienen los demás a circular libremente. Y terminan acrecentando la animadversión a su causa, cuando además de bloquear la libre circulación agreden a los conductores de otros vehículos por el hecho de exigir que se les permita movilizarse para cumplir con sus tareas y obligaciones.

No puede haber un derecho extendido cuando quien lo demanda termina agrediendo el derecho de los demás. El patriota mexicano Benito Juárez lo definió con una perfección filosófica magistral: el respeto al derecho ajeno es la paz. Y así es, quien irrespeta el derecho de los demás no puede sentirse querido o admirado por los ofendidos. Este día un joven colega me decía, queriéndome convencer, que el paro ha tenido un respaldo masivo. Esa supuesta querencia hacia los que le trastornan la vida diaria, solo podría caber en la mente de los masoquistas, que son aquellas personas que padecen la perversión de gozar o disfrutar por verse humillado o maltratado por otras personas. Y puede ser que haya uno que otro masoquista que salte de la alegría cuando los transportistas les cruzan los taxis y los buses para impedirle la circulación por las calles y avenidas.

Lógicamente que no es así, los hondureños no son masoquistas, aunque hay una ciudadanía mayoritariamente consciente que no acepta ni aplaude las injusticias. La gente sabe que los transportistas son empresarios del rubro y necesitan ganar en su operación, y de manera espontánea acepta que el servicio debe ser incrementado pero hasta un nivel que no les estrangule el bolsillo.

Además la gente no se traga la demagogia de los transportistas cuando piden la rebaja de 23 lempiras al galón de combustible, porque sabe que eso, lejos de beneficiar a la población, derivará en su perjuicio cuando el Estado no tenga los suficientes recursos para atender aquellas áreas que se sostienen con los impuestos que provienen del combustible.

Como decíamos al inicio, en esta clase de conflictos, nadie gana, en cambio todos pierden. Ni el gobierno ni los transportistas ganan, en cambio los ciudadanos, las personas que son afectadas por el abuso de quienes se toman todas las vías impidiendo la circulación, son los que terminan pagando los patos sin tener vela en el entierro.

Así son las cosas y así se las hemos contado hoy viernes 20 de julio de 2018.

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *