Cuando las democracias se auto destruyen

junio 7, 2021

Juan Ramón Martínez

En las elecciones de Perú, que ha tenido tres presidentes en los últimos cuatro años, es notoria la debilidad sistémica, el distanciamiento de los electores de los partidos, cada día más frágiles y personalistas y los líderes, cada día menos competentes y comprometidos. Los números engañan solo a los que quieren: los dos candidatos que fueron a la segunda vuelta –idealizada por algunos ingenuos del patio como la gran solución, cuando lo que quieren es derrotar en la mesa al Partido Nacional– apenas rozaron el 15 % del electorado peruano en la primera vuelta. De forma que, si se confirma la tendencia y Keiko Fujimori gana el ejecutivo, tendrá el Congreso en su contra. Y ello, solo anunciará la inestabilidad que será una constante, hasta que las masas inconformes y desorientadas, se inclinen, de una vez y de cabeza, en brazos de la dictadura, bajo los arrullos de un caudillo que tanto entusiasmo despierta entre los desesperados.



En Perú, el sistema democrático tiene muchos años de estar en crisis. La actitud totalitaria de Fujimori, al clausurar el Congreso que le era opuestos a sus caprichos y las negociaciones de Gaviria, a nombre de la OEA, que le perdonó al pecador su falta, porque solo le interesaba condenar al pecado, es la fuente originaria de los problemas actuales. Que en una fórmula de extraña justicia, heredera su hija la que, posiblemente, aunque gane la titularidad del ejecutivo es improbable que concluya su periodo de cinco años. Porque los peruanos, no tienen partidos fuertes como en el pasado. Sus electores carecen de lealtad hacia líderes, casi todos desprestigiados que entre sus debilidades, carecen del elemental compromiso con su Patria y tienen muy poca habilidad para negociar, especialmente, porque tienen dificultades para respetar la ley. Y la ley, como sabemos, es un acuerdo en que, inevitablemente todos, tenemos que respetar.

Perú, igual que nosotros, cumplirá en el mes de julio 200 años de vida republicana. La mayoría de ellos de alta inestabilidad, caudillaje incivil y un electorado múltiple al cual no le importa mucho el sistema político, porque viven en el interior de tradiciones en las que el igualitarismo y el respeto hacia la ley no forma parte del eje de sus conductas. El capitalismo peruano no ha echado raíces, en la maraña de sus tradiciones incaicas y más bien, vía la informalidad de sus múltiples sistemas económicos, expresa un malsano goce por la existencia fuera de la ley. La ley de los blancos, como piensa la mayoría de su población que todavía siente en su corazón, palpita el diapasón del pasado indígena, vencido; pero, nunca enterrado definitivamente.

No faltarán quienes echarán la culpa de lo que ocurre a la democracia. Y algunos racistas incluso dirán que la democracia, solo es buena para los “blancos”; pero no para los indígenas. Pero la verdad, como dice Richard Moore, es que América Latina –con algunas excepciones— está dominada por caudillos cerriles o semi letrados, para los que, el poder no es una forma servicio que se legitima por su entrega y por los resultados de sus esfuerzos, sino que, un premio a sus afanes, virtudes – reales a inventadas – y el cual, no pueden someter a los límites de la ley y a la soberanía popular. Perú igual que nosotros, que también cumplimos unos meses después los 200 años de vida republicana, sólo en muy breves momentos, ha tenido democracias sólidas, operando en nuestras sociedades. La mayor parte del tiempo, ha sido dominado por el autoritarismo, de civiles y militares, para los que el respeto a la ley y, el bien común, ha sido un juego de los débiles. Nunca una obligación de los fuertes.

Por ello, el nuevo gobierno que empezará el próximo 28 de julio, será frágil, complejo, atado e inefectivo. Que perderá su tiempo en el manejo de crisis evitables, pero útiles para que los caudillos muestran sus músculos y ejerciten sus caprichos. Y será irresponsable atribuir la falla a la democracia, porque ésta sólo es posible con líderes demócratas y con electores ciudadanos, demócratas convencidos. Y en Perú, como en Honduras, El Salvador y muchos países más, es lo que nos hace falta

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