Cuando la indignación rebalsa

agosto 11, 2017

Tegucigalpa, Honduras

Los episodios callejeros son muy comunes en los tiempos de crispación que vivimos en Honduras, sobre todo por la inseguridad, que aunque ha sido rebajada por las acciones de nuestras autoridades, queda un remanente causado por los grupos pandilleros que azotan en diferentes partes y a cualquier hora. Pero hay un tipo de episodio atribuido a otra clase de delincuencia, aquel que osa desafiar a la autoridad y la ley para hacer reclamaciones, a veces justas, pero la mayoría de las veces desajustadas y alejadas de la razón y de la ley.



Ayer miramos a un compatriota enervado porque los encapuchados que han llevado sus protestas de la ciudad universitaria a las carreteras, le impedían la libre locomoción para desarrollar la actividad de su trabajo con el que se gana la vida. El hombre, se bajó de su vehículo, quitó las piedras para continuar su camino, pero los encapuchados lo retaron y volvieron a poner los obstáculos. El hombre, alterado por la indignación que le producían los encapuchados, desenfundó su arma, mientras de nuevo quitaba las piedras que habían colocado para bloquear la calle. Este ciudadano quizás no conoce el trasfondo de los objetivos que llevan a estas personas a impedir la libre locomoción, a lo mejor ni está al tanto de que estas acciones le han hecho mucho daño a miles de estudiantes que han perdido sus clases, y le han provocado un lucro cesante a la UNAH que es la universidad por excelencia de los hondureños.

Pero, aunque simplemente sea un ciudadano más, que vive de su trabajo, posiblemente esté al tanto de los avances que ha logrado la UNAH en los últimos ocho años, y de repente no comparte los actos violentos de protesta de los encapuchados. Y decidió enfrentarlos a su manera porque considera inaceptable que personas que no tienen la razón quieran imponer sus caprichos al resto de las personas perjudicándoles sus derechos elementales, entre ellos el de ganarse la vida honradamente.

La indignación es el sentimiento acalorado que surge cuando la injusticia se nos filtra por todos lados, y entonces cuando no nos basta tener que gritar para desahogarnos, resuena en nuestro interior la cólera para defender nuestro derecho, casi por obligación natural. La indignación hace brotar en el ser humano el sentimiento de elegir, entre callar y bajar la cabeza frente a los abusivos, o enfrentarlos y actuar para repeler la burla del que quiere imponerse por la fuerza y el abuso. La indignación es un sentimiento contra el mal, es un rechazo a una injusticia, cuando la persona siente que sus derechos son vulnerados por alguien o por algunas personas que saltándose las trancas de la Ley se atreven a burlarse y a perjudicar a las demás personas.

Sobre todo si el abusivo en forma provocadora actúa en desmedro de los derechos colectivos, entre los cuales está el derecho a la libre locomoción, que establece con claridad que nadie puede interrumpir el derecho que tienen las personas a circular libremente por las vías públicas. La indignación no es un acto de violencia, en el caso que nos ocupa es una reacción contra el que infringe la ley y perjudica los derechos de los demás. Especialmente porque la autoridad policial actúa de manera tardía, quizás por asunto de procedimiento, y procede al desalojo hasta que el daño está hecho por los violadores de la ley, mientras transcurre un tiempo valioso que ocupan las personas que se movilizan para cumplir su trabajo y ganarse la vida.

Frente a una pasividad o retardo de la autoridad la gente se indigna y actúa haciendo valer su derecho como vimos ayer a este ciudadano, abriéndose camino, arma en mano. En este caso la indignación hizo que la persona tomara la medida de usar su propia fuerza para enfrentar la violencia del que le estaba conculcando su derecho de movilización. La indignación expresada de esa forma, hubiera sido una acción condenable si no estuviera inscrita en el contexto de la legítima defensa, pero el ciudadano estaba en su derecho de exigir que se le permitiera el paso para desempeñar su trabajo, por lo que su reacción es perfectamente entendible en el momento en que los encapuchados de manera irracional insistieron en bloquearle el paso.

Afortunadamente el hecho no trascendió a un escándalo de sangre, que en eso puede terminar un enfrentamiento provocado por el abuso desmedido conque vienen actuando los encapuchados, perjudicando no solo a los estudiantes y a la UNAH en general, sino que al resto de la población.

Hay que ver desde este caso específico los demás que pudieran ocurrir si estas personas empeñadas en torpedear a la UNAH continúan con sus acciones violentas en perjuicio del resto de la población. Porque puede suceder que la indignación de los ciudadanos, frente a los actos de los encapuchados que actúan con una pasión sectaria y no académica, los lleve a la situación de hacer justicia por su propia mano, y aunque esto no es lo aconsejable, el problema es que al surgir el sentimiento de indignación en la gente que se acalora frente a lo injusto y frente al abusivo, da rienda suelta a la acción de hacerse justicia. Porque en el fondo del sentimiento humano, la indignación es una urgencia que sacude. Especialmente cuando el abuso y la arbitrariedad hacen que la paciencia rebalse.

Así son las cosas y así se las hemos contado hoy viernes 11 de agosto de 2017.

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