Coronel Manaca: La primera revuelta negra en Honduras (Cuento de año viejo)

enero 1, 2018

TEGUCIGALPA, HONDURAS

Cantaricio Arzú había sido en su juventud un negro apuesto, elegante, un negro fino como él se autoconsideraba, y entre las mozas morenas más codiciadas por los jóvenes negros, era el adonis de ébano al que aspiraban capturar como esposo. Cantaricio se dejaba querer pero nunca hizo compromiso con ninguna, hasta el día en que se embarcó en el vapor TELA de la compañía frutera con el cargo de ayudante de cocina. En altamar pasó durante 8 años y su carrera fue fructífera, porque a los tres años fue ascendido al puesto de ayudante del Capitán, en materia de atención personal. Cantaricio era ahora un suboficial que se mantenía junto al capitán del barco llevándole y trayéndole boquitas y bebidas durante el trayecto del vapor que en cada viaje transportaba desde Puerto Cortés a New Orleans unos 4,500 racimos de bananos de la marca Chiquita, para satisfacer el gusto de los estadounidenses que tenían en el banano maduro el postre más delicioso.



Tenía apenas 35 años cuando se bajó del barco decidiendo quedarse en tierra firme. Lucía ampulosas pulseras de oro, un reloj de marca distinguida y por excelencia vestía de blanco como en sus días de suboficial en el famoso barco bananero TELA. Eran los primeros años de la década 50, cuando cierta vez vio con indignación como una patrulla policial arremetió contra Tobías Arzú, su primo, por querer abrir un vagón lleno de racimos de bananos, descartados para el embarque por defectos de corte o madurez prematura. Ver a los policías azotar a Tobías, maltratándolo no solo con un lazo sino con el peor de los insultos: “negro ladrón”, fue para Cantaricio Arzú, la llama que le prendió en la mente la idea de una revolución que terminara con el injusto trato con que los blancos se ensañaban contra sus hermanos.

Pronto Cantaricio se dio a la tarea de visitar las aldeas y caseríos negros del litoral porteño, anduvo desde Camagüey, Bajamar, Travesía, Chifía hasta Zaraguaina, hablando con jóvenes y adultos de su raza. Cantaricio les incitaba a rebelarse, a empuñar las armas para vengar las afrentas que los policías y soldados cometían sus contra  hermanos. A falta de armas, Cantaricio fue consiguiendo como pudo, escopetas viejas, fusiles que los mismos soldados habían empeñado por falta de pago, lo mismo que machetes corvos, puntudos y guarizamas.

Al cabo de tres meses Cantaricio Arzú había encendido la llama de la primera revolución negra, con unos cien “paisanos” entre hombres, mujeres y jóvenes que habían atendido el llamado para rebelarse. A finales de noviembre de 1954, Cantaricio calculaba que estaban en capacidad de asaltar el vagón pagador de la compañía TRR Co. que transportaba el pago de los muelleros y empleados de las oficinas principales en el puerto. La planilla ascendía, por lo general, a unos 50 mil lempiras, entre el pago de la semana y el aguinaldo, con los cuales pensaba adquirir armas modernas para equiparse como ejército.

El tren pagador nunca era escoltado por militares, pero aquel día pasó lo que ni el mismo Cantaricio imaginó. Un motocarro con 12 efectivos de la guarnición de La Lima, que correspondía al comandante de zona, coronel ‘Guayo’ Galeano, escoltaba al tren pagador. Cuando Cantaricio y sus rebeldes abordaron el tren en una parada técnica de la estación del barrio La Curva, el susto fue mayúsculo al ver que 12 soldados con fusiles y una ametralladora “pata de gallina” se bajaron inmediatamente y empezaron a disparar contra ellos, los asaltantes. Cantaricio y sus hombres emprendieron entonces la presurosa retirada, sorprendidos por el inesperado recibimiento de los escoltas. Abordaron el viejo bus de Eduardo ‘El Zancudo’, su cómplice de aventura, que los esperaba para ponerlos en fuga después del asalto. Pero detrás de ellos iban los soldados de ‘Guayo’ Galeano, persiguiéndolos, montados en una volqueta de la alcaldía que hacía la recolección de la basura al momento del asalto.

Al llegar a Bajamar, los improvisados rebeldes del ejército de Cantaricio Arzú, queriendo ponerse a salvaguarda se encaramaron a los cocoteros, en donde fueron blanco fácil de los soldados, que sin piedad alguna hicieron tiro al blanco con ellos, excepto con los que pidieron piedad y bajaron a entregarse. Entre todos, se notó la ausencia de Cantaricio Arzú, presumiéndose que había uno de los primeros en caer bajo las balas de los esbirros de ‘Guayo’ Galeano. Los morenales de Camagüey, Bajamar, Travesía, Zaraguaina y Chifía se enlutaron por los siguientes 30 días. Los rezos y los rituales pedían clemencia a sus dioses, venerando a su héroe Cantaricio Arzú, el mártir que quiso liberarlos del yugo del tirano ‘Guayo’ Galeano, uno de los más temidos comandantes de zona de la dictadura del Gral. Carías.

Pero cual no fuera la gran sorpresa de todos, que al cabo de los 30 días de duelo, debajo de un promontorio de manacas, como se les llama a las palmas del cocotero, vieron salir a un hombre cubierto por la arena, como si fuera una cucaracha blanca saliendo de la harina. Era el mismísimo Cantaricio Arzú, que al ver a los soldados matando a sus hermanos, víctima del pánico decidió ocultarse debajo de las manacas, de las cuales salió hasta los 30 días.

La ira de los demás negros explotó en insultos: “maldito, cobarde, te escondiste debajo de las manacas, mientras los soldados mataban a nuestros padres, hermanos, esposos y amigos. Farsante, no te matamos porque eso sería premiarte”, fue lo menos que le dijeron. La negra más anciana de Travesía le profirió una condena terrible: “vagarás como un traidor, te escupiremos por donde vayas y tus descendientes te maldecirán por cobarde y por traidor”.

Desde aquel día, Cantaricio Arzú perdió el aspecto gallardo que antes lo exponía como el caballero de ébano envidiable, para pasar a caminar con las manos agarradas detrás de la espalda, con la cabeza agachada, cubierta con un sombrero “tipo churuco” viejo. Así deambuló por las calles del puerto durante los siguientes 43 días, y a cada paso los negros y también los blancos le gritaban: “adiós Coronel Manaca”, y Cantaricio sin levantar la cabeza respondía: “tu madre, hijo de la gran p…”.

Cantaricio se convirtió entonces en una alma penando, en vida, hasta que aquel 31 de diciembre del 54, agobiado por tanto insulto y tanta humillación decidió atravesar la vieja pista del pequeño aeropuerto del puerto, en el preciso momento en que un avión DC-3 de la compañía ANHSA aterrizaba procedente de Tegucigalpa, con pasajeros y una pequeña carga. La hélice del ala izquierda decapitó a Cantaricio, cuya cabeza se elevó por los cielos, regando sangre a varios kilómetros la bahía porteña, haciendo una elíptica gigante, para retornar por el impulso del viento marino hasta caer a dos cuadras del pequeño aeropuerto.

Nadie supo aquel día que Cantaricio Arzú había tomado la decisión de terminar su existencia el último día del año, agobiado por la vergüenza y la humillación de su misma gente que nunca le perdonó aquella aventura, que a Cantaricio le pareció sería la primera revuelta negra en Honduras, y que costó la vida a una buena cantidad de hermanos de los morenales. Solo el experimentado locutor Alex Tamayo, desde los micrófonos de la radiodifusora local HRQN ‘La Voz del Atlántico’, se preocupó en consignar la noticia en estos términos: “murió este día, decapitado por las hélices del avión Douglas DC-3 de ANHSA, el valiente compatriota negro Cantaricio Arzú, líder de la revolución imaginaria, que el creyó que sería la primera revuelta de los negros, para liberarse del oprobioso yugo de los esbirros de ‘Guayo’ Galeano”.

Así son las cosas y así se las hemos contado hoy lunes 1 de enero del 2018.

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