Centroamérica, consolida el caudillismo

septiembre 6, 2021

Juan Ramón Martínez

Centroamérica ha sido tierra de caudillos y dictadores. Estrada Cabrera en Guatemala, le da calor a la revolución de octubre que, con Juan Jose Arévalo, logra un gobierno estable; pero que con Arbenz Guzmán, provoca la histeria del Departamento de Estado, que lo depone en junio de 1954. En El Salvador, Maximiliano H. Martínez, sucede al presidente elegido democráticamente y se convierte en dictador que sólo dejará el poder por los mismos aires que derriban a Estrada Cabrera. Carías Andino en Honduras, sobrevive a los sobresaltos de 1944, porque tenía a los líderes liberales exiliados en México y por falta de una fuerza social con suficiente capacidad de convocatoria. Somoza en Nicaragua, domina todos los poderes y ejerce cómodamente el poder en la tierra de los lagos. E incluso Costa Rica, en esa década de los cuarenta, Teodoro Picado, pretende burlar la voluntad popular desconociendo la voz de las urnas, lo que provoca su caída a manos de la revolución que encabezara Jose Figueres Ferrer. Es decir que la zona centroamericana, además de 17 volcanes, tiene una larga lista de sátrapas, dictadores, caudillos y aspirantes a salvadores de la patria, haciendo fila, que aprovechan la escasa ciudadanía que tiene la región. La mayoría son electores, votantes y sólo una minoría, situada en las ciudades, es realmente ciudadana.



Todavía en la década de los sesenta, sólo Honduras – hasta el 3 de octubre de 1963 – y Costa Rica, tenían gobiernos civiles elegidos por el pueblo. En Guatemala, Nicaragua y El Salvador, gobiernan los militares, con la servicial complacencia de los civiles. Desde esta última fecha, la única democracia que sobrevive, durante esa década y la siguiente, es Costa Rica. En 1979, cae Anastasio Somoza Debayle, en el tropel de una revolución que Daniel Ortega ha logrado convertir, vía reelecciones sucesivas, en una satrapía igual que la de Somoza. En Guatemala, El Salvador, y Honduras, después de la guerra de los ochenta, Estados Unidos construye un cordón democrático que permite una breve sucesión presidencial en Nicaragua, consolida el más largo proceso democrático de la historia de Honduras, solo alterado por los incidentes del 2009, logra la alternancia en el poder entre la derecha y los ex guerrilleros en El Salvador; y estimula, en Guatemala una democracia cuya fragilidad se conserva por la corta vida de los partidos políticos lo que es un disuasivo para la reelección – mal endémico de la región – y para la emergencia del caudillismo. Es decir que, la democracia con la pierna quebrada, por la reelección ilegal de JOH en Honduras, solo se quejaba hasta hace poco, de dolores mayores por la continuidad antidemocrática de Ortega en Nicaragua.

Pero ahora es Bukele, quien turba la paz de la región y se convierte, de manera deliberada, en la piedra en el zapato para la política estadounidense que ha logrado neutralizar a Venezuela y paralizar a Cuba que, aunque inderrotable, ha dejado desde hace muchos años de ser un factor revolucionario en la región. Bukele, ex miembro del FML, usa la mayoría que tiene en la Asamblea Legislativa para reformar la Constitución y aunque la medida carece de fuerza retroactiva, se prepara para alterar la estabilidad de la región, comprometiendo la estabilidad de Honduras y dándole un abrazo de muerte a Ortega que ahora, tendrá que hacer grupo de marcha con uno de sus más deslenguados críticos.

Otra vez, Estados Unidos, contará más que con los pueblos alienados por sistemas educativos manipulados, con la lealtad de los militares. En Honduras, tiene en los militares el freno para el continuismo. Y en El Salvador, al aliado incondicional para frenar a Bukele, cuando además de agredir al pueblo salvadoreño en sus derechos, choque con los intereses de Estados Unidos, si profundiza, además de su autoritarismo continuista, con su alianza con China. Esta potencia retadora, no dejará los espacios logrados en Panamá, Dominicana y El Salvador. Y no desaprovechará para apoyar a Bukele. Por lo que, hay que esperar que Honduras, Guatemala y Costa Rica, perfeccionen sus sistemas democráticos y fortalezcan sus fuerzas de seguridad que, pese a lo que parezca, siguen siendo fieles a los Estados Unidos. Una nueva política exterior de USA, obligará a los tres países a una política exterior más coherente y ordenada que hasta ahora. Claro sin contar con México que, como en la década de los ochenta del siglo pasado, nunca fue parte decisiva de la solución.

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