Aprendiendo del espectáculo de Trump

diciembre 14, 2020

Juan Ramón Martínez

Las cosas no serán lo mismo en el futuro. El mundo ha cambiado. Y lo seguirá haciendo. Y nosotros, como parte suya, también debemos prepararnos para los cambios inevitables. Sabiendo cuales son nuestras limitaciones y aprendiendo de los otros que hacen las cosas mejor, logrando que sus pueblos vivan mejor, enfrenten las inestabilidades y logren mayor respeto internacional. Las elecciones de Estados Unidos, son un buen ejemplo para nosotros. Tuvieron más votantes en la curva más alta de la pandemia. Y pese al comportamiento errático e imprevisible de Trump que a estas alturas sigue repitiendo que le hicieron fraude, las instituciones democráticas siguen impertérritas, aplicando la ley. La última de estas decisiones es espectacular: la Suprema Corte de los Estados Unidos rechazó la petición de un grupo de texanos, a los que se sumó Trump, negándose a aceptar su pretensión de anular las elecciones en algunos estados claves de aquel país. Una Corte que está integrada por magistrados conservadores — que allá significa esta palabra otra cosa que aquí en Honduras – dos de ellos nombrados por Trump, votaron en contra de sus pretensiones. En absoluta obediencia de la ley. Un ejemplo que debemos tomar todos nosotros, miembros de la sociedad que, entre las autoridades, las personas y las instituciones, prefiere a las primeras y rechaza la legalidad. Varios autores dicen que el atraso nuestro se encuentra en este punto. Allá en Estados Unidos, los gobernantes no están por encima de la ley. Y en los tribunales, los jueces nombrados por el propio presidente de los Estados Unidos, le dicen que no, cuando no le asiste la razón y la ley. Mientras aquí, nos arrastramos ante los caudillos, derribando todo para darles satisfacción; en los países desarrollados, la ley impera por encima de los líderes. Aun los elegidos por el pueblo, mediante sus probados sistemas electorales.



Y si el ejemplo de la Suprema Corte de los Estados Unidos no fuera suficiente, hace unos pocos días, el más alto mando militar de los Estados Unidos dijo que ellos, los hombres de uniforme, no son leales con hombre o autoridad alguna, porque solo obedecen a la Constitución. Estados Unidos ha tenido una sola constitución, escrita para detener los excesos de los hombres de poder de modo que no puedan convertirse en tiranos. Ellos han tenido una sola Constitución. Nosotros 15, la mayoría de las veces, con el mismo contenido, apenas maquillada y siempre irrespetada por tirios y troyanos, por liberales y conservadores. Ellos, han tenido una sola casa presidencial y nosotros más de ocho sedes del Poder Ejecutivo y dos capitales. Es decir que, además del cumplimiento de la ley, hay una línea de obligadas tradiciones y prácticas de continuidad que les han permitido convertirse en la nación más fuerte del mundo occidental. 

Trump seguirá hasta el 20 de enero próximo en su actitud retadora, dividiendo a la sociedad de los Estados Unidos, y poniendo a prueba los nervios de los más tranquilos estadistas de aquel país. Enfrentará a pobres contra ricos, a negros contra blancos y a empleados con desempleados, creyendo que, como ha ocurrido recientemente aquí en Honduras, se puede vivir volviendo inseguras las calles y convirtiendo a estas, antes que la ley y las urnas, en la fuente original y legitima del poder. El espectáculo grotesco e inusual continuará. Trump se parece más a los gobernantes nuestros que a los de su país. Por lo que querrá desde fuera, seguir decidiendo los destinos de su país, aunque no tenga la legitimidad; ni la razón para hacerlo.

Así como los estadounidenses han aprendido con Trump – inesperado, inestable e impredecible –  ahora, entenderán mejor a los gobernantes que son responsables del atraso de nuestros países “bananeros” como nos llaman en algunos momentos con exagerado irrespeto, nosotros los hondureños debemos revisar nuestra conducta ante la ley y los gobernantes. Para aprender que, si queremos ser una nación libre, desarrollada y respetada, necesitamos poner la ley en primer lugar, respetar las instituciones y someter a los gobernantes y ex gobernantes al dominio de la voluntad popular. Sabiendo que, ello es el requisito para salir de la pobreza y la indefensión como nación que, incluso para dar una tarjeta de identidad a sus ciudadanos – que de repente no es necesaria al final de cuentas – tiene que, andar pidiendo limosnas. 

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