Adiós míster Kelly

diciembre 10, 2018

Su salida del cargo, anunciada para el fin del mes por el propio Presidente Trump, se explica por la fatiga que ha experimentado luchando en contra de un estilo de gobierno basado en lo imprevisible

 

Honduras



El general  John Kelly es posiblemente el miembro de la administración de Trump más admirado en Honduras. Una población como la nuestra, con cierta disimulada arrogancia, no se entrega fácilmente en brazos del entusiasmo cuando sabe de las rápidas visitas de los funcionarios estadounidenses. Pero en el caso de John Kelly, desde la primera vez que llegó a Tegucigalpa, siendo Jefe del Comando Sur, causó muy buena impresión. Sus expresiones directas, su hablar pausado y sin la arrogancia que caracteriza a algunos militares, se le notó desde el principio que, sabía entender a los latinos. Y que podía – si se cultivaba la relación – convertirse en un gran amigo de Honduras, en momentos en que nuestro país, polarizado internamente, necesitaba el apoyo y la comprensión de los líderes estadounidenses.

Por ello es que cuando Kelly fue nombrado Jefe de Gabinete del Presidente Trump, se produce en Honduras y en el mundo, una expresión de alivio. Su ingreso a la Casa Blanca, sumida entonces en el desconcierto y la imprevisibilidad de un líder hiperestésico como Trump, obsesionado por unas pocas cosas a partir de las cuales está siempre dispuesto a romper alianzas, provocó un sentimiento de alivio general. Pero en la medida en que fue pasando el tiempo, su capacidad de control en una Casa Blanca caótica, con una estabilidad mínima y con una movilidad de personal, nunca vista antes, la imagen de Kelly empezó a mostrar fisuras y provocar desencantos en los más informados. Y para los latinoamericanos la cuestión fue más preocupante cuando en lo mejor de la campaña electoral del 6 de noviembre, mientras la cólera de Trump, derivaba en miedo frente a lo que llamó inexplicablemente, una invasión en contra de Estados Unidos, se hizo notoria la falta de presencia de la figura moderada de Kelly. Se llamó al silencio. No pudo frenar a Trump y tampoco evitar que el Ejército de Estados Unidos, manifestara su nerviosismo frente a unos inmigrantes desesperados que querían vivir en Estados Unidos, la posibilidad de salir de la pobreza a la que les tiene condenado una estructura política pública, encargada tan solo de repetir la pobreza y la miseria de generación en generación.

Su salida del cargo, anunciada para el fin del mes por el propio Presidente Trump, se explica por la fatiga que ha experimentado luchando en contra de un estilo de gobierno basado en lo imprevisible. Y mostrando que, en la mayor crisis entre Estados Unidos y Honduras, por motivo de las Caravanas de los Inmigrantes, fue impotente. Y que, ante un fracaso tan evidente, es muy claro que su salida tenía que ser inevitable. Porque además de su ausencia como parte activa en el problema de la inmigración ilegal hacia Estados Unidos, la pérdida de las elecciones del pasado 6 de noviembre, fueron una merma para su prestigio y su liderazgo. Por más fuerte que nos pareció; por más sereno y tranquilo frente a las tempestades de un temperamento sanguino como el del Presidente Trump, Kelly no resistió lo que creíamos que aguantaría. Lo derrotó la lucha interna, la fuerza de Trump y la dureza de un estilo de gobernar en que la falta de respeto, hiere el honor de un militar como Kelly, que no está entrenado para perder, como efecto de fuego, un amigo inesperado y desconsiderado.

Posiblemente los hondureños exageramos sobre la amistad de Kelly. Cosa por lo demás normal en un pueblo que, necesita urgentemente quien le quiera, le aprecie y le respete, gratuitamente como parecía ser la disposición de Kelly. Pero, al margen de lo anterior, que no tiene nada de extraño en los hondureños que confían mucho en los demás, quienes analizamos la Presidencia de los Estados Unidos, entendemos a Kelly. Y lo respaldamos en su decisión de dejar la Casa Blanca. Por la coherencia de su conducta, por su honor militar y por su capacidad para mantener en orden a una Presidencia caótica como la de Donald Trump. Por ello, celebramos su renuncia; comprendemos su capacidad para soportar un estilo ejecutivo que tiene poco que ver con el orden tradicional que corresponde a la sindéresis de la cultura militar. Creemos que Kelly gana y que Trump, como siempre, pierde. Porque no se trata de un programa de televisión en donde se expulsa a los incompetentes, sino que de la realidad política en la que, su Presidencia queda sola, sin el respaldo de uno de los últimos profesionales que le ponía un poco de orden al caos en que se ha convertido el gobierno de Donald Trump.