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A 17 años de la mayor barbarie

TEGUCIGALPA, HONDURAS

La fecha del 11 de septiembre del 2001 se ha convertido en un referente trágico que nos hace revivir el momento en que realizábamos en nuestra vida rutinaria, alguna de las actividades tempraneras con que comenzamos el día. En lo personal recordamos que, como lo hacemos habitualmente, estábamos haciendo nuestra jornada de ejercicio, sintonizando aquella mañana del 11 de diciembre de 2001, el Telediario de Televisión Española, viendo en pantalla a la periodista Ana Blanco, que nos resultaba muy grata, narrando el acontecer mundial de cada día. Esa mañana, Ana Blanco interrumpió el guion de su noticiero para dar una noticia de última hora.

Retransmitiendo una toma de CNN, la periodista dijo lacónicamente que dos aviones comerciales se habían estrellado contra las torres del World Trade Center de Nueva York, en lo que parecía ser un descomunal acto de terrorismo, hasta el momento no reclamado por ningún grupo. La transmisión televisiva mostró otros ángulos y complementó la transmisión de la tragedia mezclando imágenes del Pentágono, y otro lugar cercano a la capital de EEUU donde se habían estrellado otros dos aviones.

Como nunca habíamos visto una tragedia de este tipo transmitida en directo por la televisión, ver aquel evento dantesco nos impresionó. Los detalles que se dieron a los pocos minutos confirmaban que un grupo terrorista se adjudicaba la acción. No se recuerda aquel evento trágico de ese año por el prurito de hacerlo, porque en todo el planeta la gente guarda de manera respetuosa y reverencial el dolor sentido por tantas muertes de inocentes que fueron sacrificados por el fanatismo.

Quizás lo bueno de los recordatorios que hemos vivido durante todos estos años es que, a raíz de aquella tragedia, vimos una majestuosa marea de solidaridad humana en los cuatro puntos cardinales del planeta, gestos que hasta esa fecha habían sido inexistentes, quizás porque nadie o muy pocos imaginaban que hubiera mentes tan calenturientas por el fanatismo que fueran capaces de llegar al extremo de sacrificar a tantas personas inocentes. Como hubo personas que en pleno vuelo secuestrado pudieran comunicarse con familiares que desde la superficie terrestre les informaron que otros dos aviones secuestrados se habían estrellado contra las torres gemelas de Nueva York, en una reacción heroica al saber que de todas maneras iban a morir, los pasajeros de uno de los vuelos se alzaron contra los secuestradores haciendo que los aviones viraran a otro lugar donde finalmente se estrellaron. No había sucedido hasta entonces un acto terrorista tan espeluznante, producto de la barbaridad humana, como el de aquel 11 de septiembre del 2001.

Un mes antes habíamos estado con mi hijo Rodrigo Javier en Nueva York, en un viaje por tierra que nos llevó, primero a Washington, donde fuimos atendidos por el embajador Hugo Noé Pino, que nos privilegió hospedándonos en la residencia de la embajada, donde pernoctamos una noche. Cenamos en Washington con nuestro colega y amigo Jacobo Goldstein y su recordada esposa doña Frances. Y ya en Nueva York fuimos atendidos por nuestros colegas y amigos el cronista deportivo Pepé Gonzales y el escritor Roberto Quesada.

Por esas cosas de la vida, cuando estuvimos en Nueva York los últimos días de agosto de aquel 2001, Roberto Quesada quería que almorzáramos en el restaurante del último piso del World Trade Center, invitación que rechacé aduciendo que comer en las alturas me provocaba nauseas, algo que había experimentado en un viaje anterior al almorzar en el último piso del Empire State. Le prometí a Roberto Quesada que otro día subiríamos al último piso de las torres gemelas, sin saber que no habría “ese” otro día; preferí que almorzáramos en el restaurante de la Estatua de la Libertad, y mientras viajábamos en el ferry, Rodrigo Javier en una pequeña cámara viajera logró tomas de las torres gemelas, que usamos en diferentes notas después de la tragedia.

Aquella mañana del 11 de septiembre del 2001, ya en Tegucigalpa, no dábamos crédito a la magnitud de la tragedia, como posiblemente les pasó a centenares de colegas de todo el mundo que no atinaban a entender hasta donde podía llegar la perdición del sentido de la vida por parte de individuos fanatizados por la creencia de que matar a muchas otras personas es la mejor manera de vengarse del enemigo y de honrar a su DIOS, un pensamiento completamente ofensivo contra la dignidad humana.

En estos 17 años se han elaborado la mayor cantidad de reflexiones sobre el instinto criminal que prevalece en nombre de una fe religiosa, que estamos seguros no procede ni tiene su origen en el pensamiento expresado en ningún texto religioso. Solo las mentes macabras que se obstinan en destruir a un enemigo poderoso, en cuyo nombre han sacrificado a centenares de miles de vidas inocentes, fueron capaces de realizar este horrible atentado.

El grupo que se atribuyó la acción terrorista del 11 de septiembre 2001, no ha parado desde entonces de cometer atentado tras atentado, pero ningún otro del tamaño de aquella masacre que sigue manteniendo preocupada a la humanidad. Desde esta lejanía hondureña, muchos contemplaron aquel hecho verdaderamente monstruoso como algo que no nos concernía, pero una tragedia de esa magnitud y con la alevosía fanatizada con que se perpetró, debe tocar la fibra del sentimiento a cualquiera que se considere un ser humano.

Así son las cosas y así se las hemos contado hoy martes 11 de septiembre de 2018.